Llegar a Buenos Aires en grandes cruceros, unas vacaciones distintas
Por Judith Savloff
Lo eligen argentinos que vienen a visitar a sus familias, y extranjeros. Toman el viaje como parte del disfrute.

Hay “magia” en las partidas, coincidirán después Ernesto y Vicenta Di Fronzo, quienes subieron al barco, el MSC Musica , diecisiete días atrás en Venecia, y seguirán casi tres más hasta Buenos Aires, el fin de la travesía . Pero sus vacaciones no terminarán con el desembarco: van a ver a su gente así, en transatlántico.
“Me radiqué en Italia hace cinco años, y tomé este crucero para pasear y quedarme parte del verano con la familia”, dice Ernesto (65), quien nació en Nápoles y desde los cuatro hizo su vida en Argentina. Sentada al lado, con el mar detrás y las piletas adelante, Vicenta resume: “Viajamos para ver a nuestros hijos y nietos, disfrutando”.
Este hotel flotante ofrece infinidad de opciones. Reposera y libros. Gimnasio con vista al mar. Spa. Teatro. Clases de merengue. Boliches. Casino. Y comida, abundante. El ocio impera y uno se tienta. Se ve en la “Pizzería & Grill”, abierta de 12 a 23, donde siempre hay gente. Y hasta en la fiesta de gala, cuando no parecen importar el traje o los tacos a la hora de recorrer las mesas saladas y dulces.
¿Helado? ¿Ristretto o caipirinha? Tienen incluso un dispenser de agua para mate. ¿Sociales o fiaca? Qué hacer, qué elegir, es una duda recurrente. Desayunar en el balcón del camarote, con el mar, la mejor respuesta para arrancar la jornada.
“Me gusta todo. Mirá el hidromasaje al sol, buenísimo”, comenta Ernesto Di Fronzo. Y aclara: “Una de las cosas que más me atrae del crucero es la posibilidad de conocer varios lugares de una vez. Pasamos por Barcelona, Tenerife y Marruecos. De otra forma, hubiera sido complicado y más caro”.
Desde la empresa MSC señalan otras ventajas, entre ellas el pago en moneda local y en cuotas, y tener todo incluido, salvo bebidas y otros extra a bordo, que también se pueden pagar con tarjeta (además de promociones, como 2x1). Y que lo usual es que los pasajeros realicen los itinerarios completos, con hasta dos días de escala en ciudades. Pero también hay quienes subieron al Musica en Río para relajarse y divertirse, quedarse más en Buenos Aires y volver en avión .
“Hago dos mini vacaciones en una movida”, sintetiza Aníbal Schapira, argentino “treintañero” que vive en Brasil desde 2009 y va a pasar cuatro días con su familia en Caballito. “Y a ver el club con el que me casé: Ferro”, dice “en serio”. Encontró un descuento y no dudó. “Siempre me intrigó navegar”, afirma, y saca el celular para mostrar una foto en blanco y negro donde se lo ve listo para abordar. “Estoy al estilo de los antiguos inmigrantes –explica–, mis abuelos. ¿Cómo habrá sido viajar en los barquitos del 1900, no?”.
A los placeres y místicas del crucero, otros suman curiosidad por Buenos Aires. “Ella quería viajar en el barco y yo, conocer el Obelisco, la calle Florida, Plaza de Mayo y los restoranes ”, enumera Fabrizio Salles (28), carioca. Gabriela (20), su mujer, completa: “Hacemos realidad los dos sueños”.
La tarde se puso gris. Es una tormenta. Sacude cada tanto y, con algunas ráfagas, trata de tirar sin suerte a quienes se animan a darle la cara en cubierta. De noche el agua sigue cayendo, más suave. Hay un concurso de baile, la “Disco Party”, pero vale la pena salir: el Río de la Plata se puebla de lucecitas que permiten dibujar contornos de otros barcos.
El Musica llega a Buenos Aires. El desembarco se demora, por un reclamo de portuarios. Schapira siente que se le acorta la estadía porteña y comenta: “A veces, mientras pensaba en la precariedad de los viejos buques, tuve la sensación de que estaba en uno de película. Me quedé con ganas de más”. Por ahí también andan los Di Fronzo y los Salles, otros que eligieron unas vacaciones distintas.
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