Sentimiento de culpa
Por Nicolás Parrilla
Hay veces en que sobrevivir a una tragedia hace que durante años se cargue con una densa angustia por lo que pudo haber sido y no fue.
Dora (Norma Aleandro) le cuenta a su hijo Ariel (Peto Menahem) que al otro día tendrá que dejar sola a su hermana Anita (Alejandra Manzo), que es síndrome de Down, para ir a hacer un trámite a la mutual de la colectividad judía en Buenos Aires, cerca de su casa en el barrio de Once. Su hijo mayor no le presta mucha atención ya que la tiene ocupada en la final del Mundial de Fútbol que juegan Brasil e Italia. Lo que sucedió al día siguiente, 18 de julio de 1994, es historia conocida: el atentado a la AMIA dejó un saldo de 85 muertos, más de 300 heridos y todavía ningún culpable ante la Justicia. Inmediatamente después de ver las noticias, Ariel empieza a recorrer hospitales tratando de dar con su madre y su hermana, con sentimientos encontrados, una mezcla de miedo, bronca y culpa: se siente culpable porque la última vez que vio a su madre le prestó más importancia a un partido de fútbol que a ella.
La película “Anita”, dirigida por Marcos Carnevale y estrenada en 2009, es sólo una de tantas historias en las cuales el sentimiento de culpa se apropia de “los sobrevivientes”. Personas que por momentos se cuestionan el haberse salvado de una tragedia, y a la vez se reprochan el no haber hecho algo más para evitar la situación, o el simple hecho de haber sobrevivido y llorar la pérdida de un ser querido. “El sentimiento de culpabilidad es una forma de angustia asociada con la ambivalencia y la coexistencia del amor y el odio. Esta ambivalencia, y su tolerancia por parte de los individuos, entraña un grado considerable de desarrollo y salud mental”, explica Alicia Díaz Farina, psicóloga y directora de PPBA (Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires). “Aún así es una intención inconsciente que abre paradojas. El sentimiento de culpa no es el resultado de un crimen, sino todo lo contrario: el crimen es el resultado de la culpabilidad”, agrega.
“En el caso de las situaciones post-traumáticas, se suman a las situaciones reales acontecidas -algunas de un dramatismo feroz- y a la tramitación del duelo en los casos de pérdidas afectivas, la sensación de culpa con el componente imaginario correspondiente, con el dolor que conlleva, donde cada sujeto reacciona en forma diferente según cómo ha sido su desarrollo psíquico. Según las herramientas singulares de cada caso, podrá elaborar el sufrimiento que padece en forma más o menos patológica”, concluye Díaz Farina.
La noche del 30 de diciembre de 2004 había sido elegida por Ezequiel Fernández Garay, un joven de 18 años, para celebrar con sus amigos el fin de la escuela secundaria, asistiendo al recital que una de sus bandas favoritas, Callejeros, brindaría en República Cromagnon. Pero Ezequiel nunca llegaría al local, y así evitó estar presente en la tragedia que costó la vida de 194 personas. “Uno de mis amigos, Horacio, era el encargado de llevarnos a todos a Once desde Rafael Calzada, nuestro barrio, en la camioneta de su padre. Pero esa tarde, Horacio había estado en un asado con compañeros de su trabajo, festejando el fin de año, se emborrachó y se descompuso. Los demás nos pasamos toda la noche insultándolo porque nos quedamos con las ganas de ir. A la mañana siguiente, cuando veíamos las noticias no lo podíamos creer”, relata Ezequiel.
“Durante los primeros meses, o incluso años, tuve pesadillas todas las noches. Soñaba con lo que me podría haber pasado, con cómo hubiese cambiado todo, sólo con un movimiento del destino. Al poco tiempo nos enteramos de que un amigo nuestro había ido y falleció esa noche. Siempre pienso en que ese podía haber sido yo, Horacio, o cualquiera de los chicos. Es un sentimiento horrible”, reflexiona Ezequiel.
Otro relato de una sobreviviente de esa trágica noche es el de Lilén Fernández. “En el 2004 yo tenía 16 años, y no tenía miedo ni conciencia de un montón de situaciones, como la cantidad de personas, las instalaciones del lugar, o el peligro de las bengalas. Por suerte, como estaba cerca de la puerta, pude salir rápido del local. Cuando salí empecé a vomitar un líquido negro que también me chorreaba por la nariz. Al otro día me atendieron en una clínica y me volví a mi casa.”, recuerda. “Desde ese momento, mi perspectiva de la vida cambió: ya no era invencible y la muerte podía llegar en cualquier momento. Cuando entraba a un boliche, si había mucha gente, me tenía que ir porque me empezaba a sentir mal. Siempre me quedaba cerca de la puerta de emergencia”, explica.
La pérdida de otro, cercano o simplemente un par anónimo, puede generar la pregunta de qué habría pasado si… Si el que moría hubiera sido uno mismo, si se hubiera ayudado más, si se hubiera estado en otro lugar. Y también implica una concientización muy fuerte sobre los riesgos inimaginables que pueden correrse.
La película “Anita”, dirigida por Marcos Carnevale y estrenada en 2009, es sólo una de tantas historias en las cuales el sentimiento de culpa se apropia de “los sobrevivientes”. Personas que por momentos se cuestionan el haberse salvado de una tragedia, y a la vez se reprochan el no haber hecho algo más para evitar la situación, o el simple hecho de haber sobrevivido y llorar la pérdida de un ser querido. “El sentimiento de culpabilidad es una forma de angustia asociada con la ambivalencia y la coexistencia del amor y el odio. Esta ambivalencia, y su tolerancia por parte de los individuos, entraña un grado considerable de desarrollo y salud mental”, explica Alicia Díaz Farina, psicóloga y directora de PPBA (Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires). “Aún así es una intención inconsciente que abre paradojas. El sentimiento de culpa no es el resultado de un crimen, sino todo lo contrario: el crimen es el resultado de la culpabilidad”, agrega.
“En el caso de las situaciones post-traumáticas, se suman a las situaciones reales acontecidas -algunas de un dramatismo feroz- y a la tramitación del duelo en los casos de pérdidas afectivas, la sensación de culpa con el componente imaginario correspondiente, con el dolor que conlleva, donde cada sujeto reacciona en forma diferente según cómo ha sido su desarrollo psíquico. Según las herramientas singulares de cada caso, podrá elaborar el sufrimiento que padece en forma más o menos patológica”, concluye Díaz Farina.
La noche del 30 de diciembre de 2004 había sido elegida por Ezequiel Fernández Garay, un joven de 18 años, para celebrar con sus amigos el fin de la escuela secundaria, asistiendo al recital que una de sus bandas favoritas, Callejeros, brindaría en República Cromagnon. Pero Ezequiel nunca llegaría al local, y así evitó estar presente en la tragedia que costó la vida de 194 personas. “Uno de mis amigos, Horacio, era el encargado de llevarnos a todos a Once desde Rafael Calzada, nuestro barrio, en la camioneta de su padre. Pero esa tarde, Horacio había estado en un asado con compañeros de su trabajo, festejando el fin de año, se emborrachó y se descompuso. Los demás nos pasamos toda la noche insultándolo porque nos quedamos con las ganas de ir. A la mañana siguiente, cuando veíamos las noticias no lo podíamos creer”, relata Ezequiel.
“Durante los primeros meses, o incluso años, tuve pesadillas todas las noches. Soñaba con lo que me podría haber pasado, con cómo hubiese cambiado todo, sólo con un movimiento del destino. Al poco tiempo nos enteramos de que un amigo nuestro había ido y falleció esa noche. Siempre pienso en que ese podía haber sido yo, Horacio, o cualquiera de los chicos. Es un sentimiento horrible”, reflexiona Ezequiel.
Otro relato de una sobreviviente de esa trágica noche es el de Lilén Fernández. “En el 2004 yo tenía 16 años, y no tenía miedo ni conciencia de un montón de situaciones, como la cantidad de personas, las instalaciones del lugar, o el peligro de las bengalas. Por suerte, como estaba cerca de la puerta, pude salir rápido del local. Cuando salí empecé a vomitar un líquido negro que también me chorreaba por la nariz. Al otro día me atendieron en una clínica y me volví a mi casa.”, recuerda. “Desde ese momento, mi perspectiva de la vida cambió: ya no era invencible y la muerte podía llegar en cualquier momento. Cuando entraba a un boliche, si había mucha gente, me tenía que ir porque me empezaba a sentir mal. Siempre me quedaba cerca de la puerta de emergencia”, explica.
La pérdida de otro, cercano o simplemente un par anónimo, puede generar la pregunta de qué habría pasado si… Si el que moría hubiera sido uno mismo, si se hubiera ayudado más, si se hubiera estado en otro lugar. Y también implica una concientización muy fuerte sobre los riesgos inimaginables que pueden correrse.
Lea la nota central de esta entrega: Una sobreviviente de Auschwitz y su grito del alma: no olvidar. Por Eugenia Rotsztejn de Unger.
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