Baja en encuestas, sube en reelección
Hace unas semanas señalamos que, en la medida en que el oficialismo no encuentre resultados económicos que justifiquen, como hasta hace poco, hablar bien de su economía, el consecuente vacío discursivo habría de ser llenado con propuestas hacia el futuro.
Esas propuestas hacia el futuro no parecen ser “programas” (materialidades propias de una visión, digamos, “por el desarrollo”) sino “reformas” (que atienden a normativas del poder).
El vacío discursivo, que genera la ausencia del buen andar económico, se llena con el espíritu de la reforma política. Este es el discurso que baja hacia la sociedad.
¿Qué pasa en la sociedad? Una encuesta nacional de Management & Fit (M&F) -que acertó las estimaciones electorales de los últimos años - nos informa que el 53.3 por ciento de las personas afirma que su situación económica estará peor en los próximos meses; y el 60.5 cree que el país estará peor. Es difícil para el Gobierno hablar de economía. Esas personas señalan que la inseguridad (84.1), la inflación (62,2), el desempleo (50,8) y la corrupción (37,9) son problemas que al Gobierno le cuesta resolver.
Como sabemos que “Inflación + desempleo”, es el escenario necesario - aunque no suficiente -para una declinación real del oficialismo. La inflación es una realidad. Pero el desempleo, gracias a Dios, hoy es sólo una amenaza.
La fotografía de la Encuesta de M&F nos anoticia que 72 por ciento de los encuestados considera que la economía está mal manejada; y (72,4) que va por mal camino. Y (44,5) entiende que este estancamiento es responsabilidad del Gobierno; y no de la crisis internacional (8) que es el argumento oficial. En síntesis el 58,4 por ciento desaprueba la gestión de CFK; y por eso su imagen es regular o mala para el 64,3 por ciento. Un cambio abismal, en menos de un año, que surge de la percepción de la marcha de la economía.
¿Es este estado de la opinión pública lo que dispara el concepto “reforma” como materia prima de la campaña?
No hay terreno fértil para defender lo que hoy hay en la economía. El Gobierno no está dispuestos a reconocer la inflación y tratarla. Se le hace cuesta arriba, con el eje dominante de su programa, resolver la tendencia al estancamiento en la creación de empleo productivo. No está dispuesto a reconocer la “inseguridad” como problema: tiene íntimas contradicciones para tratarlo. No es imaginable el montaje de un escenario anticorrupción a la manera de Dilma Rousseff.
Esas inquietudes de la sociedad, por “h” o “b”, no están en la agenda gubernamental: el oficialismo considera que la preocupación social es un error inducido.
Hablar de “las reformas” es superador de la contradicción entre lo que la gente dice y lo que el oficialismo piensa. Toda superación requiere de un triunfo coronador. Y el campo parlamentario (mayorías propias y opositores light) es uno propicio para los triunfos; y donde las leyes de reformas políticas son fáciles de lograr. Y ese logro implica la derrota de los opositores restantes; y una derrota no ocasional, sino con tendencia a la permanencia. Entre otras razones porque ese triunfo implica la mutilación preventiva de cualquier alianza opositora.
Por ahora es difícil ganarle a la realidad económica. Y también a la opinión pública enojada con ella. Lo racional es elegir otro campo. Y requiere urgencia.
La encuesta muestra que la imagen de CFK se erosiona. Sí. Pero el 69,8 por ciento desaprueba la gestión de la oposición: no existe. Es tal la debilidad que sólo miembros del oficialismo, que alguien quiere insólitamente convertir en “opositores”, Sergio Massa y Daniel Scioli, arañan el 40 por ciento de buena imagen.
El empleo se estancó; pero la inflación corre. Difícil. Peor: la inversión fue “para atrás”. Y grave, la base de los añorados superávit gemelos, manifiesta signos de agotamiento que requieren de remedios que, como sabemos, son excepcionales pero no alimentan. Las exportaciones se han estancado y la recaudación, en relación al gasto, afloja.
El segundo semestre empieza con problemas. Nada indica que, desde adentro y desde la administración, exista el diagnóstico y el propósito de resolución. El privilegio al discurso de la “reforma” es un indicio del no diagnóstico y del no propósito.
La gran excepción es la tríada “petróleo - Vaca Muerta - Miguel Galuccio”. La mejor noticia es que crecerá la producción de petróleo (por redireccionamiento de la acción y merced a una política más agresiva de precios y recursos). Y desde el largo plazo también es bueno saber que se enfocará el comienzo de Vaca Muerta. Hay una promesa de recomposición de precios y la espera de fuentes de recursos aún no precisadas, para comenzar. Y lo que es una novedad más que positiva, al frente de una política, se ha colocado a un conductor capaz y experimentado que deberá enfrentar, además de los problemas específicos, la telaraña del poder cruzado.
Contribuir a resolver el problema energético es un aporte de la mayor envergadura. Pero la cuestión de los precios de la energía, la sábana es corta, si se mueven fuerte para arriba conmueve la estructura de precios relativos de los costos de producción de gran parte de las exportaciones.
Independientemente de ello, para los próximos meses, no se vislumbran mejoras significativas en la economía. Tampoco mayor deterioro. La excepción es la inflación que, sin fuerte caída en el empleo, no es una dosis de ácido muriático para la imagen del Gobierno.
Cristina apostará - contra viento y marea - a los estímulos que sean necesarios para que la llegada al 2013 sea con una manifestación de consumidores en acción. Lograrlo es posible. El precio se pagará en las cuestiones estructurales que, hacia el largo plazo, marchan a los cuellos de botella. La venganza del largo plazo es doble porque es tardía.
Pero 2013 vendrá con más dólares, más soja, más precio y también desperezamiento de Brasil. Se aliviará la caja en dólares.
Pero nada cambiará en materia externa: la sombra no se retirará de las importaciones ni del mercado cambiario. Y quedará firme la política explícita de cambios múltiples. Vocación pesificadora, atraso cambiario y pérdida de capacidad exportadora de las industrias con más asalariados.
La lógica de lo dicho, el discurso abandona la economía para recuperar opinión por la vía de las reformas. Ninguna de las actuales preocupaciones reveladas por M&F en el campo económico y social serán prioridad para el Gobierno.
La última parte del año (la meseta) hará, de los primeros meses de 2013, la muestra de un retorno lento al crecimiento sin haber mutilado el consumo inmediato. Un clima electoral “neutralizado por el consumo” en lo económico, con un calendario electoral adelantado, permitirá un mejor pronóstico en bancas portadoras de reelección. Pero el clima “neutralizado por el consumo” no es suficiente: no genera “militancias” adicionales.
Lo que puede movilizar adhesiones y al mismo tiempo, achicar en número y mantener en letargo a la desvencijada oposición, es la encerrona de la propuestas de “reformas” a la que muchos de los opositores no se puedan negar. Por ejemplo, si Scioli lo fuera ¿podría no hacer campaña por la reelección de CFK?
La reforma política es una nueva arma electoral, suma adhesiones y divide a los opositores, y pavimenta el camino a la reelección. El nuevo discurso político divide las aguas e invade la playa opositora. Divide entre oposición y oficialismo de manera vigorosa. Genera militancia. Es el movilizador que la economía dejó de ofrecer. Pero, además, divide a la oposición.
Todas esas propuestas arrastrarán el voto del peronismo del FPV; y también a los sectores emparentados con los no peronistas del FPV que, por ahora, militan en la oposición. Radicales, socialistas y sus aliados ya han anunciado su voto a favor del voto, necesariamente obligatorio, de los mayores de 16 años; y de los extranjeros. Muchos de ellos creen en conveniencia de nuevas normas constitucionales o disminuir la capacidad económica de las organizaciones sindicales; la mayoría apuesta a la generación de nuevos derechos; y la doctrina Zaffaroni concita la adhesión mayoritaria de los abogados de menos de 60 años.
Se habla de un conjunto de normas que cambian el balance de poder en la sociedad; y en los modos de ejercerlo. Conforman un cuerpo significativo que contiene, por lo escuchado, las reforma de
los Códigos (Civil, Comercial, Penal) y del sistema penitenciario; del estatuto de los servicios de policía y de distintas áreas de las fuerzas armadas y la Reforma de la Constitución; de la ley electoral y del régimen sindical y de las obras sociales; del uso del suelo y de las normas de expropiación; de la efectiva prestación del servicio educativo, sus materias y sus textos; y de los regímenes por los cuales se han concesionado los servicios públicos, etc. Lo citado constituiría una enorme transformación con consecuencias que, como todo lo institucional, no son inmediatas sino lentas y silenciosas, pero duraderas.
El oficialismo apela a estas reformas, seguramente por convicción de muchos de sus miembros, pero también por necesidad de llenar el vacío que produce la economía insatisfactoria de los últimos meses.
La mayor parte del parlamento es oficialista gracias a los votos populares. Pero suma votos populares, que no tuvo, a través de legisladores por adscripción. Dos emblemáticos: Felipe Solá - militante de todas las banderas, presto a cumplir 30 años de cargo público - elegido por los adversarios a Néstor Kirchner y de Daniel Scioli; y Samuel Cabanchick -filósofo -ungido por Elisa Carrió para castigar al oficialismo y hoy 100 por cien K.
El oficialismo, hoy y aquí, tiene enorme probabilidad de contar con los votos - cualquiera sea la exigencia de mayoría, especial o no - necesarios para esas reformas. Todas empujan a la reelección indefinida. Ese es el objetivo. Cuando la economía está en alza, el discurso de lo bien que va, es la mejor manera de hacer campaña. Y cuando la economía se detiene, el discurso de las reformas, es el modo elegido para hacer campaña.
La oposición, o quienes fungen como tales, no encuentra manera de “oponer” discurso cuando la economía crece. Y tampoco cuando ella se detiene. ¿Quién, oponiéndose en lo íntimo, se anima a sostener que los mayores de 16 años no tengan derecho de votar?¿O quién se anima a sostener que tampoco lo tengan los extranjeros?¿Quién se anima a sostener que las reformas de los códigos podrían esperar?¿O que la cuestión del régimen penitenciario debería estar precedida de otras discusiones?
Cualquiera sea nuestra opinión sabemos que esas cuestiones deberían madurar en un debate realmente democrático en el que deben estar ausentes las descalificaciones para que sea realmente libre. No hay voces que argumenten. Todo avanza por obra y gracia de la voluntad militante. ¿Responde a las exigencias y prioridades del bien común?
Cuando la economía mejore, seguramente pronto - aunque por un tiempo si no se modifica el diagnóstico de los problemas - con las reformas sancionadas, habremos puesto en marcha la reelección indefinida.
Como decía Salvador Dalí (que eligió la monarquía) el problema de la democracia es la sucesión; y con este mecanismo lo habremos resuelto. Todo tiene un lado bueno: depende del color del cristal con que se mira. Pero, más allá del éxito y el mérito, los problemas económicos y sociales de raíz estructural siguen en pie y sin diagnóstico y remedio no se curan, pero sin alimento volverán a repetirse. Esa es la cuestión y es feo que nos distraigamos de esa prioridad.
Pero todo puede ser peor ¿Cómo entender una oposición que puede llegar a tener como figura al imitador de un cantante, envuelto en una capa de frivolidad permanente, que se ha lanzado - por oportunismo electoral - a militar con “el espiritualismo light” seguramente a costa del erario público? Paciencia.
Esas propuestas hacia el futuro no parecen ser “programas” (materialidades propias de una visión, digamos, “por el desarrollo”) sino “reformas” (que atienden a normativas del poder).
El vacío discursivo, que genera la ausencia del buen andar económico, se llena con el espíritu de la reforma política. Este es el discurso que baja hacia la sociedad.
¿Qué pasa en la sociedad? Una encuesta nacional de Management & Fit (M&F) -que acertó las estimaciones electorales de los últimos años - nos informa que el 53.3 por ciento de las personas afirma que su situación económica estará peor en los próximos meses; y el 60.5 cree que el país estará peor. Es difícil para el Gobierno hablar de economía. Esas personas señalan que la inseguridad (84.1), la inflación (62,2), el desempleo (50,8) y la corrupción (37,9) son problemas que al Gobierno le cuesta resolver.
Como sabemos que “Inflación + desempleo”, es el escenario necesario - aunque no suficiente -para una declinación real del oficialismo. La inflación es una realidad. Pero el desempleo, gracias a Dios, hoy es sólo una amenaza.
La fotografía de la Encuesta de M&F nos anoticia que 72 por ciento de los encuestados considera que la economía está mal manejada; y (72,4) que va por mal camino. Y (44,5) entiende que este estancamiento es responsabilidad del Gobierno; y no de la crisis internacional (8) que es el argumento oficial. En síntesis el 58,4 por ciento desaprueba la gestión de CFK; y por eso su imagen es regular o mala para el 64,3 por ciento. Un cambio abismal, en menos de un año, que surge de la percepción de la marcha de la economía.
¿Es este estado de la opinión pública lo que dispara el concepto “reforma” como materia prima de la campaña?
No hay terreno fértil para defender lo que hoy hay en la economía. El Gobierno no está dispuestos a reconocer la inflación y tratarla. Se le hace cuesta arriba, con el eje dominante de su programa, resolver la tendencia al estancamiento en la creación de empleo productivo. No está dispuesto a reconocer la “inseguridad” como problema: tiene íntimas contradicciones para tratarlo. No es imaginable el montaje de un escenario anticorrupción a la manera de Dilma Rousseff.
Esas inquietudes de la sociedad, por “h” o “b”, no están en la agenda gubernamental: el oficialismo considera que la preocupación social es un error inducido.
Hablar de “las reformas” es superador de la contradicción entre lo que la gente dice y lo que el oficialismo piensa. Toda superación requiere de un triunfo coronador. Y el campo parlamentario (mayorías propias y opositores light) es uno propicio para los triunfos; y donde las leyes de reformas políticas son fáciles de lograr. Y ese logro implica la derrota de los opositores restantes; y una derrota no ocasional, sino con tendencia a la permanencia. Entre otras razones porque ese triunfo implica la mutilación preventiva de cualquier alianza opositora.
Por ahora es difícil ganarle a la realidad económica. Y también a la opinión pública enojada con ella. Lo racional es elegir otro campo. Y requiere urgencia.
La encuesta muestra que la imagen de CFK se erosiona. Sí. Pero el 69,8 por ciento desaprueba la gestión de la oposición: no existe. Es tal la debilidad que sólo miembros del oficialismo, que alguien quiere insólitamente convertir en “opositores”, Sergio Massa y Daniel Scioli, arañan el 40 por ciento de buena imagen.
El empleo se estancó; pero la inflación corre. Difícil. Peor: la inversión fue “para atrás”. Y grave, la base de los añorados superávit gemelos, manifiesta signos de agotamiento que requieren de remedios que, como sabemos, son excepcionales pero no alimentan. Las exportaciones se han estancado y la recaudación, en relación al gasto, afloja.
El segundo semestre empieza con problemas. Nada indica que, desde adentro y desde la administración, exista el diagnóstico y el propósito de resolución. El privilegio al discurso de la “reforma” es un indicio del no diagnóstico y del no propósito.
La gran excepción es la tríada “petróleo - Vaca Muerta - Miguel Galuccio”. La mejor noticia es que crecerá la producción de petróleo (por redireccionamiento de la acción y merced a una política más agresiva de precios y recursos). Y desde el largo plazo también es bueno saber que se enfocará el comienzo de Vaca Muerta. Hay una promesa de recomposición de precios y la espera de fuentes de recursos aún no precisadas, para comenzar. Y lo que es una novedad más que positiva, al frente de una política, se ha colocado a un conductor capaz y experimentado que deberá enfrentar, además de los problemas específicos, la telaraña del poder cruzado.
Contribuir a resolver el problema energético es un aporte de la mayor envergadura. Pero la cuestión de los precios de la energía, la sábana es corta, si se mueven fuerte para arriba conmueve la estructura de precios relativos de los costos de producción de gran parte de las exportaciones.
Independientemente de ello, para los próximos meses, no se vislumbran mejoras significativas en la economía. Tampoco mayor deterioro. La excepción es la inflación que, sin fuerte caída en el empleo, no es una dosis de ácido muriático para la imagen del Gobierno.
Cristina apostará - contra viento y marea - a los estímulos que sean necesarios para que la llegada al 2013 sea con una manifestación de consumidores en acción. Lograrlo es posible. El precio se pagará en las cuestiones estructurales que, hacia el largo plazo, marchan a los cuellos de botella. La venganza del largo plazo es doble porque es tardía.
Pero 2013 vendrá con más dólares, más soja, más precio y también desperezamiento de Brasil. Se aliviará la caja en dólares.
Pero nada cambiará en materia externa: la sombra no se retirará de las importaciones ni del mercado cambiario. Y quedará firme la política explícita de cambios múltiples. Vocación pesificadora, atraso cambiario y pérdida de capacidad exportadora de las industrias con más asalariados.
La lógica de lo dicho, el discurso abandona la economía para recuperar opinión por la vía de las reformas. Ninguna de las actuales preocupaciones reveladas por M&F en el campo económico y social serán prioridad para el Gobierno.
La última parte del año (la meseta) hará, de los primeros meses de 2013, la muestra de un retorno lento al crecimiento sin haber mutilado el consumo inmediato. Un clima electoral “neutralizado por el consumo” en lo económico, con un calendario electoral adelantado, permitirá un mejor pronóstico en bancas portadoras de reelección. Pero el clima “neutralizado por el consumo” no es suficiente: no genera “militancias” adicionales.
Lo que puede movilizar adhesiones y al mismo tiempo, achicar en número y mantener en letargo a la desvencijada oposición, es la encerrona de la propuestas de “reformas” a la que muchos de los opositores no se puedan negar. Por ejemplo, si Scioli lo fuera ¿podría no hacer campaña por la reelección de CFK?
La reforma política es una nueva arma electoral, suma adhesiones y divide a los opositores, y pavimenta el camino a la reelección. El nuevo discurso político divide las aguas e invade la playa opositora. Divide entre oposición y oficialismo de manera vigorosa. Genera militancia. Es el movilizador que la economía dejó de ofrecer. Pero, además, divide a la oposición.
Todas esas propuestas arrastrarán el voto del peronismo del FPV; y también a los sectores emparentados con los no peronistas del FPV que, por ahora, militan en la oposición. Radicales, socialistas y sus aliados ya han anunciado su voto a favor del voto, necesariamente obligatorio, de los mayores de 16 años; y de los extranjeros. Muchos de ellos creen en conveniencia de nuevas normas constitucionales o disminuir la capacidad económica de las organizaciones sindicales; la mayoría apuesta a la generación de nuevos derechos; y la doctrina Zaffaroni concita la adhesión mayoritaria de los abogados de menos de 60 años.
Se habla de un conjunto de normas que cambian el balance de poder en la sociedad; y en los modos de ejercerlo. Conforman un cuerpo significativo que contiene, por lo escuchado, las reforma de
los Códigos (Civil, Comercial, Penal) y del sistema penitenciario; del estatuto de los servicios de policía y de distintas áreas de las fuerzas armadas y la Reforma de la Constitución; de la ley electoral y del régimen sindical y de las obras sociales; del uso del suelo y de las normas de expropiación; de la efectiva prestación del servicio educativo, sus materias y sus textos; y de los regímenes por los cuales se han concesionado los servicios públicos, etc. Lo citado constituiría una enorme transformación con consecuencias que, como todo lo institucional, no son inmediatas sino lentas y silenciosas, pero duraderas.
El oficialismo apela a estas reformas, seguramente por convicción de muchos de sus miembros, pero también por necesidad de llenar el vacío que produce la economía insatisfactoria de los últimos meses.
La mayor parte del parlamento es oficialista gracias a los votos populares. Pero suma votos populares, que no tuvo, a través de legisladores por adscripción. Dos emblemáticos: Felipe Solá - militante de todas las banderas, presto a cumplir 30 años de cargo público - elegido por los adversarios a Néstor Kirchner y de Daniel Scioli; y Samuel Cabanchick -filósofo -ungido por Elisa Carrió para castigar al oficialismo y hoy 100 por cien K.
El oficialismo, hoy y aquí, tiene enorme probabilidad de contar con los votos - cualquiera sea la exigencia de mayoría, especial o no - necesarios para esas reformas. Todas empujan a la reelección indefinida. Ese es el objetivo. Cuando la economía está en alza, el discurso de lo bien que va, es la mejor manera de hacer campaña. Y cuando la economía se detiene, el discurso de las reformas, es el modo elegido para hacer campaña.
La oposición, o quienes fungen como tales, no encuentra manera de “oponer” discurso cuando la economía crece. Y tampoco cuando ella se detiene. ¿Quién, oponiéndose en lo íntimo, se anima a sostener que los mayores de 16 años no tengan derecho de votar?¿O quién se anima a sostener que tampoco lo tengan los extranjeros?¿Quién se anima a sostener que las reformas de los códigos podrían esperar?¿O que la cuestión del régimen penitenciario debería estar precedida de otras discusiones?
Cualquiera sea nuestra opinión sabemos que esas cuestiones deberían madurar en un debate realmente democrático en el que deben estar ausentes las descalificaciones para que sea realmente libre. No hay voces que argumenten. Todo avanza por obra y gracia de la voluntad militante. ¿Responde a las exigencias y prioridades del bien común?
Cuando la economía mejore, seguramente pronto - aunque por un tiempo si no se modifica el diagnóstico de los problemas - con las reformas sancionadas, habremos puesto en marcha la reelección indefinida.
Como decía Salvador Dalí (que eligió la monarquía) el problema de la democracia es la sucesión; y con este mecanismo lo habremos resuelto. Todo tiene un lado bueno: depende del color del cristal con que se mira. Pero, más allá del éxito y el mérito, los problemas económicos y sociales de raíz estructural siguen en pie y sin diagnóstico y remedio no se curan, pero sin alimento volverán a repetirse. Esa es la cuestión y es feo que nos distraigamos de esa prioridad.
Pero todo puede ser peor ¿Cómo entender una oposición que puede llegar a tener como figura al imitador de un cantante, envuelto en una capa de frivolidad permanente, que se ha lanzado - por oportunismo electoral - a militar con “el espiritualismo light” seguramente a costa del erario público? Paciencia.

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